miércoles, 22 de marzo de 2017

Antología




Permanece impoluto en mi mente aquel día en que te conocí, mi diario vivir por aquellos días se vestía de altos y bajos, de contrariedades y confusiones.
Cuando escuché el ronco de tu voz, supe que serías importante; y cuando vi tu nariz, confirmé sin ningún tipo de temor que jamás podría olvidarte.
 De tu mano aprendí a sentir con propiedad y entrega, los chispazos que proporciona el enamoramiento, esa sensación inexplicable y sobrecogedora que se produce cuando se tiene en frente a una belleza tan especial como aquella de la que eres dueña, una hermosura que sobrepasa por completo los límites del cuerpo, para irse directo a las entrañas del alma.
Te amé desde aquella primera tarde de invierno y te seguiré amando hasta la última de ellas. Mis alegrías viven entre tus dientes, entre el saco de lana que le da calidez a tu cuerpo, entre tus manos mojadas por la lluvia.
Entre tus cabellos se colaron mis miradas y mis sueños. Eres el único sitio del mundo en dónde experimento sosiego y libertad, en ti encuentro abundancia y perpetuidad.
Cada una de tus lágrimas me dolieron como si brotaran desde las partes más amargas de mi corazón. 
Me casé para siempre con tus alegrías, con cada una de tus bromas; le di un sí eterno e incondicional a la forma en la que solías recostarte sobre mi hombro, sediento incansable de tus mejillas. Y hasta el día de hoy, sigo diciéndole que sí a tu risa pícara de los domingos por la mañana y a la manera como se mueven tus manos para saborear con absoluto encanto tu pelo.
Todavía amo la manera en la que el agua de la ducha se deslizaba por tu piel y extraño terriblemente los besos inesperados en el cuello o en la panza, las cosquillas que mediaban nuestras discusiones.
Echo de menos hasta tus silencios, tus rabietas, tus  tristezas, porque me hacían más humana, porque de vez en cuando me hacían aterrizar.
Me hace falta besar la punta de tu nariz y tus orejas y tus ojeras; y admirar las acrobacias que protagonizan tus piernas mientras tu cuerpo le da la cara al amanecer.
Sigo esperando encontrarme de nuevo con tus vicios, con tus olvidos, con tus rarezas, con lo enigmático de ti.
Ansío mirar de frente las zonas de tu ser que no tuve tiempo de descubrir y deseo que hagas lo mismo conmigo. 
Transformaste mi vida con el conjunto de pequeñas y grandes cosas que arman el rompecabezas de tu existencia.
Te firmé un contrato con los ojos vendados y no me arrepiento, porque recogí ganancias inesperadas e inmerecidas. 
Te echo de menos en este instante, y me temo que lo seguiré haciendo dentro de todas las medidas de tiempo que le quedan a mi vida.

domingo, 12 de marzo de 2017

Rutina


Hace frío aquí afuera,
el gris oscuro del ambiente
congela mis venas, mi espina dorsal, mis pensamientos.

Es mejor adentrarme en mi refugio predilecto,
con los compañeros de siempre:
un tibio café en el que se reflejan las nostalgias de mi rostro,
un estante lleno de libros que charlaron conmigo hace tiempo atrás,
la pantalla de un televisor, cargada de imágenes carentes de todo sentido;
la cama que sostiene día a día, mi cuerpo desprovisto del pulso vital.
En la lista también está la música, que por momentos, 
le da cierta descarga eléctrica a mi corazón,
devolviéndolo a la agónica existencia
en la que le corresponde resbalar, y morir y resucitar,
una y otra vez,
una y otra vez,
privado del libre albedrío,
sin opción de escoger la muerte permanente
o la vida eterna.

Y así, día tras día,
se repite la misma cadena de sucesos;
yo sólo espero, en ocasiones con paciencia,
a veces con rabia e impotencia,
que más temprano que tarde
te dignes a venir
y alterar esta aplastante y poco benévola rutina.