lunes, 30 de enero de 2017

La loca de las flores

Foto: Archivo personal. ©2016


La loca de las flores le llaman,
porque cada mañana se adueña de los bonches,
los hace suyos posándolos encima de su oreja derecha.
La loca de las flores le dicen,
porque habla el idioma de las amapolas,
con ellas habla hasta que el rocío de la madrugada toca su hombro.
La loca de las flores la llaman,
porque no llora, de sus ojitos brota néctar del más puro y apetecible.
La loca de las flores le dicen,
y es verdad, está loca de atar
porque ya no ríe de forma humana,
porque de su boca sólo brotan capullos con olor a fascinación.
La loca de las flores se viste de verde,
y sueña con un presente en el que lluevan pétalos
del color de los ojos de su amado.
La loquita y la lluvia son amigas íntimas,
hablan sin hablar,
se cuentan sus secretos,
incluso aquellos empañados por la niebla espesa que viene con el paso de los años.
La loca de las flores tiene un corazón que bombea primaveras eternas,
y un espíritu que nunca se cansa de emitir risas fuertes,
risas de esas que se tornan en auténticos dardos de felicidad;
ella exhala el néctar de las flores,
porque las flores la poseen,
las flores toman vida en ella,
las flores la visten,
las flores la celebran...
Ella y las flores,
las flores y ella.

viernes, 20 de enero de 2017

Arrepentimientos


Hago un minuto de silencio por aquellas palabras que no se atrevieron a saltar desde la punta de mi lengua en el momento preciso,
por esas manos que rechacé y que hoy serían una valiosa posesión.
Un minuto de silencio por los abrazos que no encontraron refugio en mi cuerpo y se devolvieron en silencio y con la cabeza baja a su lugar de origen,
por los corazones que fueron descosidos en mi nombre,
por los ojos que se bañaron de lágrimas, rabia y desilusión gracias a mí.
Un minuto de silencio por los perdones que jamás articularon ni pidieron mis labios,
por las llamadas y miradas no devueltas.
Un minuto de silencio por todo el tiempo perdido en reproches y lamentaciones,
por las horas gastadas al frente de una pantalla que aísla y empequeñece,
por los largos minutos dedicados al miedo y al pasado inapelable,
por todos los “gracias” que no salieron a la luz y en cambio se quedaron flotando en algún lugar inespecífico de mi garganta.
Un sentido minuto de silencio, por las amistades y amores que encontraron la muerte a manos de mi indiferencia y desapego,
por los pobres espacios de mi corazón que fueron ocupados por la oscuridad del resentimiento y la desdicha,
por las veces en las que renegué de la lluvia y del sol sin tener comprensión de ellos.
Y por último, un minuto de silencio por mí, por las veces en que estuve amordazada, impedida, abolida;
por las veces que el destino me sumó a una historia de dos, convirtiéndome en número impar.

martes, 10 de enero de 2017

Amores pasajeros








Se llaman así porque son amores que te topas en el asiento de un autobús, en un día sábado a eso de la 1:00 de la tarde, mientras el sol está en pleno clímax.
Son amores fantásticos, porque se comportan igual que algunos cometas: pasan cada cierto tiempo, pero son pocos los afortunados que pueden vivirlos.
Amores que duran lo que dura el viaje hasta el lugar en donde uno de los corazones se baja y dice adiós en silencio, mientras el otro, con extraña e insólita tristeza, lo ve alejarse por el espejo retrovisor.
Están los amores a primera vista, los amores de toda la vida y luego los amores pasajeros. Esta última, una clasificación muy particular y un tanto despiadada, porque deja a dos destinos sumergidos en una vorágine, deseando con ardor una segunda oportunidad para romper el hielo, para dejar de ser desconocidos por toda la eternidad, para comenzar una historia de complicidad, de amor, de amistad… tal vez pasajera, tal vez para toda la vida.