sábado, 31 de diciembre de 2016

Año bisiesto




Los años bisiestos son una estafa, al menos así lo siento yo,
con ellos nos hicieron creer que tenemos un día más,
cuando es todo lo contrario.
La abuela siempre lo ha dicho y alguien más acaba de confirmármelo:
los años con un día de más, traen tragedias,
tragedias diminutas,
tragedias descomunales,
tragedias que se visten de sangre,
tragedias que toman vidas repletas de la dulce savia de los sueños.
Aparentemente al sol le dio amnesia,
se le olvidó iluminar los cerebros de aquellos que votaron por la tiranía
y se arrodillaron ante la herejía de la Edad Media,
que reabre sus podridas y malditas puertas en pleno siglo XXI.
Los huracanes y terremotos le dieron un derechazo magistral a la cara blanquiazul de la Tierra,
los irreverentes dispararon su odio envuelto en pequeños cilindros de acero,
que destruyeron miles y millones de órganos internos, todos ellos inocentes;
varias epidemias se tomaron la sangre humana, la violentaron como lo hacen los más temidos dictadores.
Las mentes de los intolerantes y prejuiciosos se volvieron más musculosas,
sus corazones alcanzaron un grado de dureza que no se puede medir con precisión.
El rencor hizo de las suyas, y con trampas, tuvo una gran victoria:
exterminó el futuro, cercenó de tajo una enorme masa de esperanzas y sonrisas.
Y surgen nuevas evidencias:
los aviones se precipitan hacia sus inexorables destinos
dejando el verde de las montañas, los azules del cielo y del mar, cubiertos de las ilusiones magulladas y moribundas de multitudes de otras latitudes;
la niñez encuentra una muerte temprana, como macabro regalo de las manos que deberían cuidarla;
incluso la navidad es menos navidad.
Y como los anteriores, sobran los acontecimientos que sustentan esta terrible teoría,
la abuela siempre lo ha dicho…

domingo, 25 de diciembre de 2016

Lo que nos vino en gana


Me quedé en silencio viéndola bajar por las escaleras. Aquella noche superaba a todas las diosas habidas y por haber. Su vestido satinado y estampado de flores era un sutil adorno que la volvía aún más misteriosa y codiciada. Todos los ojos allí presentes destinaban su accionar hacia toda ella… y sus ojos, sin embargo, tuvieron la ocurrencia de fijarse en mí.
Cuando se me acercó, me pidió un trago de whisky, y mientras me hablaba pude ver en el color de su labial y en los sugerentes movimientos de su boca, todo el fuego que la habitaba. Era un fuego que estaba dispuesta a hacer arder a como diera lugar.
En medio de la conversa, jugueteaba con sus rizos alborotados e inclinaba su cuerpo hacia mí. Después de muchos brindis, después de intensas miradas que iban y venían sin parar; después de algunos discretos roces corporales provocados por ambas partes, cedimos ante la lujuria, que sin ningún tipo de misericordia, consumía nuestras almas durante aquella velada.
Sus gemidos quedaron grabados en mis oídos, se convirtieron en una canción que se repite una y otra vez y que escucho a través de mis poros. La textura de su piel se trasladó a mis manos, no hay nada que se le parezca.
Aquella noche convertimos nuestros cuerpos en inauditas autopistas en las que nuestros dedos transitaban ansiosos y fascinados. Hicimos del amor y del placer lo que nos vino en gana.
Era casi de otro mundo, el halo de luz que envolvía su cuerpo a la mañana siguiente cuando se levantó de aquella cama, que había amanecido siendo el acertado sinónimo de un campo de guerra.
Y cuando nos despedimos, aquel colchón, testigo de nuestro casual encuentro, quedó llorando cenizas, y sólo el destino sabe si volverán a arder algún día.
 


jueves, 15 de diciembre de 2016

La probabilidad que nos rige


Los días corren como vertiginosas saetas que no encuentran en donde clavarse.
Las horas se consumen con tal prisa que parecen virutas a manos del fuego.
Los minutos están rotos, por miles de agujeros, se les escapa el aire que los mantiene con vida.
Los segundos se minimizan con mayor rapidez.
Puedo escuchar a las manecillas del reloj mientras hacen boicot en mi contra,
me atormentan, me gritan consignas indolentes: -“El tiempo se agota”- me dicen.
Y tienen razón: el tiempo se agota.
El tiempo se agota y no hemos podido bailar nuestra canción.
El tiempo se consume y no hemos podido intercambiar un saludo de buenas noches.
El tiempo se desgasta y no hemos podido juntarnos para buscar figuras en las nubes.
El tiempo se vuelve nada y no hemos podido chocar nuestras copas de vino tinto al son de la “salud”.
El tiempo se erosiona y no hemos podido jugar al absurdo, pero imprescindible jueguito de quién cuelga primero el teléfono.
El tiempo huye y no hemos podido leernos entre líneas.
El tiempo se marchita y la probabilidad que nos rige, aún no se decide a juntarnos… 
Y tal vez sea su capricho nunca hacerlo,
y a ti y a mí, nos corresponde aprender a vivir con eso, aunque nos mate lento,
aunque nos consuma tan rápido que empecemos a parecernos a ese tiempo que hoy juega en nuestra contra.