lunes, 10 de octubre de 2016

Un segundo de eternidad, un amor a primera vista




Caminaba con distracción, llevando mi mirada hacia objetos al azar, cuando en una bocanada de fortuna, delante de aquel mostrador cargado de joyas y maquillaje, apareciste tú. Fui puesta allí para inaugurar un show selecto, mis ojos fueron galardonados con la imagen de un ser de fantasía; ver esa expresión fue un rumor de amor a primera vista, un genuino portento, un momento de aquellos por el que cualquier ser humano caería de rodillas ante su dios.

Mis pies no me permitieron avanzar, ese momento tan perfecto me raptó en aquel lugar, por unos segundos yo gravitaba alrededor de tu imagen.
Verte fue escuchar un piropo que sonroja a la más secreta de las células del cuerpo, verte fue como encontrar un punto en el universo en el que se repite la felicidad indefinidamente.

Verte fue dar oídos a una nota deliciosa, en la voz de un piano sonando en la madrugada; verte fue sentir que el viento se sabía mi nombre y lo decía despacito y por doquier. Te vi y se formó en mi estómago un nudo de emociones, me desembarqué al instante del vagón de la nostalgia y empecé a caminar a hurtadillas por la estación de la plenitud.

Mirarte allí fue como ver salir palomas blancas del sombrero de un mago, como volver de carne y hueso toda la hermosura de las flores; tenerte cerca fue como derrocar la tiranía de mala suerte que me gobernaba por aquellos días.

A partir de esa ofrenda que me hizo la vida, me volví idólatra de las casualidades, de esos pequeños prodigios del tiempo que tienen el don de hacerte saber que la divinidad sí existe y que surca la vida, los aires, esperando el momento preciso para decir “yo estoy aquí”.

Usar las palabras “hermosura” o “deslumbrante” para describirte, es una total injusticia, tengo la convicción de que tu rostro es la carnada preferida de cupido. Ya me imagino cuántos luchan sin éxito a estas horas, tratando de sacarte de sus cabezas, sin la más vaga esperanza de poder concretar su tarea.

Tus formas esbeltas eran lo único nítido en aquella masa interminable de borrosidades. A ti, donde quiera que estés, fuiste un segundo de eternidad en mi historia; a ti, donde quiera que estés, fuiste un amor a primera vista.