martes, 31 de mayo de 2016

Te amé con toda mi sangre




Dicen que la sangre no duele,
pero en este helado domingo de mayo,
que quisiera desaparecer de todos los calendarios,
la mía se retuerce y grita de dolor…

Porque yo no te amé con todo mi ser,
no te amé con el alma,
no te amé con el corazón,
sino con toda mi sangre…
con toda esa sangre
que solía correr emocionada por mis tuétanos,
y que hoy
gracias a ti,
se detiene agonizante,
se ha convertido en un líquido
amargo y espeso,
obscuro y sollozante,
por el que a esta hora circulan,
vagos y ataviados de tristeza,
los cuerpos sin vida
de los recuerdos que guardaba de ti.

En una pequeña bocanada de tiempo
me quedé sin las impresiones de lo que eres tú,
en menos de un minuto,
todas las ilusiones
que vivían gracias a ti,
se suicidaron,
saltaron al vacío de este mundo.

Y te fuiste de mí como siempre:
cobarde,
en silencio,
sin lágrimas de arrepentimiento, 
sin explicaciones,
sin una mirada de amor,
sin un beso,
sin el más mínimo
cruce de palabras
entre tus manos y mi piel,
sin dedicar un último brindis de sonrisas
a lo que nos hicimos sentir.

Me dejaste vana,
sin identidad,
confundida,
partida en millares de trizas de pesar,
llena de interrogantes,
me dejaste siendo el sinónimo
de unos paréntesis vacíos.

Te llevaste sin permiso,
la fe que tenía en el amor,
una fe que aunque caminaba en la cuerda floja,
tenía grandes esperanzas de no caer
gracias a tus ojos
que irremediablemente,
no me pertenecen nunca más,
y ese “nunca” duele como nunca,
duele punzante,
justo en el centro de mi existencia.

Este es un adiós irreversible,
implacable y sin concesiones,
como pocas cosas en la vida…
Un luto que cargo en silencio,
y con toda seguridad,
una despedida de la que nunca sabrás.

jueves, 19 de mayo de 2016

Tú… siempre, tú… nunca




Tu sonrisa vive enmarcada en mis entrañas,
el reflejo de tu mirada
recorre a paso lento
cada instancia de mis huesos,
el sabor de tus caricias
se quedó naufragante en mi piel,
el olor de tus besos
resuena sin descanso
en el desierto que soy yo.

Unos pocos segundos de febrero
alcanzaron para que te convirtieras
en todos mis diciembres.
Gracias a ti
los colores son más colores,
mi vida se tiñe de éxtasis
cada vez que recuerdo tus labios.

La belleza, cabizbaja,
se va cada vez que te ve,
nunca pensó que alguien pudiera superarla.
Eres poesía por excelencia,
tus versos son tus ojos,
que riman con mi corazón.

Eres la encarnación de los fuegos artificiales
que se asoman en las esquinas de los finales felices.
Tú eres todos los acentos
que le faltan a mi vida,
el comienzo y el final
de un libro que no acabo de escribir.

Eres las gotas del rocío
que con delicadeza se cuelan entre mis sábanas
refrescando mis sentidos,
eres la cura definitiva de mis amarguras,
eres un mar de tornasol
en el que mi paladar se baña
encantado y sin descanso.

Eres tú,
siempre tú,
siempre de mí.
Eres tú,
siempre tú,
siempre de alguien más.
Tú… SIEMPRE
Tú… NUNCA.

jueves, 5 de mayo de 2016

Un sueño hecho mujer


Su mirada reflejaba cierto aire de soledad, se veía arrugada y casi aniquilada, era fácil leer en ella un poema de absoluta tristeza.
Él había estado tanto tiempo solo, que ya no tenía la más mínima noción de cómo sonaba un corazón enamorado.
Pronto lo invadió una ráfaga de desesperación, de ansias por encontrar a aquella mujer, objeto de sus quimeras doradas en mitad de la noche.
Sabía que bajo ninguna circunstancia podía sumergirse en el vaivén de otras vidas, sin haber probado en esta, los placeres de cohabitar otro cuerpo.
Cerró sus ojos negros, cuya fiel compañía eran unas preciosas y pobladas cejas negras que escondían un universo paralelo dentro de ellas; y empezó a imaginarla, a nombrarla, a soñarla, a pintarla con su mente, a volverla de carne y hueso, a hacerla palpable a los sentidos.
La dibujó con unas extensas cabelleras azuladas, en las que flotaban barquitos de papel con miles de historias de amor escritas en ellos. Por un instante se detuvo a contemplarlos mientras se dirigían a un puerto seguro.
Luego, con sus pulgares moldeó los ojos, los hizo grandes, llenos de vida, expresivos, atiborrados de unas largas y rizadas pestañas y de unas cejas que encajaron perfectamente, en el cuadro de una mirada capaz de estremecer de suspiros los días y las noches de aquel prófugo de la realidad.
Con la palma de su mano derecha construyó una nariz pequeña y puntiaguda y una boca de diosa: de labios rojos, suaves y carnosos y dueña de una sonrisa voluptuosa y tan brillante como los rayos de los soles del firmamento.
Le regaló unas orejas que se convirtieron en uno de sus más preciados tesoros, en ellas reposaban sus besos, unos besos llenos de suave espuma que recorría incesante, cada fibra de aquella mujer imaginaria.
La hizo poseedora de una belleza irremediable y de un cuerpo adornado con un color bronceado que sabía a gloria. Modeló sus pechos firmes y pequeños, para eternizar en ellos las huellas de su pasión.
Le regaló unas manos en las que pudo refugiar su rostro y que le permitieron a su piel sentirse habitada y deseada.
La hizo a la imagen y semejanza de sus esperanzas, que estaban sin rumbo, que nadaban en zozobraba.
Aquella maravillosa creación lo sacó de la monotonía, hizo que su cerebro bombeara adrenalina a través de toda su existencia, reparando un corazón que casi sucumbía de rodillas ante la muerte.
La hizo tan perfecta, tan a la medida, que en un hálito de inspiración, decidió evaporarse, irse a vivir con ella para siempre, en el inextinguible y pletórico mundo de sus anhelos y antojos.
Y sólo cuando la tuvo en frente y pudo mirarla a todo color, comprendió que sus pulmones habían respirado un aire artificial durante toda su “vida”; que todos los paisajes del mundo eran nada comparados con ella; que había estado muerto y que aquel sueño era ahora su más vívida realidad.