miércoles, 19 de abril de 2017

Viaje al centro de tu cuerpo




Nuestras bocas, impúdicas, se observan entre sí,
atormentadas de deseo, como potentes imanes en movimiento, se atraen a gritos.
Las alfombras de aquella vieja cabaña, reclaman nuestros cuerpos con gran inquietud y afán, ¡pasó tanto tiempo desde aquella última vez!
A petición de nuestros labios y de aquellas alfombras, nos encontramos una vez más, y allí en medio de ese olor a pino y madera, nuestras miradas se escuchan y nuestros cuerpos se lanzan palabras que ni nosotras mismas entendemos, hablan el lenguaje del deseo, hablan el vasto idioma que se esconde hábilmente detrás de las faldas de la pasión.
Te beso la frente y tu respuesta es una ligera sonrisa en cuyo trasfondo yacen tus ganas más salvajes e inexploradas. Tomas mi mano y siento tu mano helada, metes mi índice dentro de tu boca y me miras fijamente mientras lo saboreas como si no existiese nada más placentero en este mundo; y yo me vuelvo nada, me derrito al son del viento.
No resisto más y muerdo con suavidad tu labio inferior, marco mi territorio, te quiero sólo para mí, porque vivo y suspiro por verte y por tenerte.
Nos regalamos un beso largo, haciéndonos saber todo lo acontecido en nuestras vidas durante todo el tiempo que no nos vimos y pidiendo misericordia a través de él, porque no hay cuerpo humano capaz de contener tal tipo de sentimiento; ya nos hacía falta muy poco para desbocarnos, para explotar, para reventar en delirio.
Me dices “te amo”, “te he extrañado”, “no me vuelvas a dejar” “quiero ser de ti hasta que se acabe mi vida”, te consagras ante mí, ante unos oídos que no dan crédito a lo que escuchan, nunca pensé que después de los incontables segundos que acontecieron sin tenernos, siguieras sintiendo aquello por mí.
Respondo a tus plegarias y te tomo entre mis brazos, el frío ya es historia, ya no queda más espacio para las palabras. La vestimenta se disipa, mis manos te hacen suya, se enciende una tormenta a nuestro alrededor. Tu piel me sonríe, me habla también, y yo le sigo la corriente totalmente embobada, no tengo cura de ti, me siento inmune en ti, entre el espacio que hay entre tus senos.
Tus labios titilan, hacen piruetas que a mis sentidos se convierten en contorsiones provenientes del mismísimo edén; estoy en el centro de tu cuerpo, tu pelvis se agita al son de la brisa, tus muslos le ofrecen guarida a mi cara, te poseo con mi lengua, con mis dedos, te exploro sin clemencia, al son encantador de tus gemidos, te hago mía justo como yo lo quería, justo como tú lo pedías.
De un momento a otro, ya no estás más aquí, tu espíritu ha migrado de tu cuerpo, ha mutado por unos cuantos segundos, te has convertido en clímax, un orgasmo devastador te recorre de pies a cabeza; y yo sólo soy un venturoso transeúnte, que luce gloriosamente perplejo ante la solemnidad que descubre…
Has regresado de nuevo a tu piel, mientras emprendo mi viaje hasta tus pechos, haciendo una escala obligada en tu ombligo y en tus costillas. Mi cabeza ahora está recostada en tu corazón, alcanzo a percibir ciertas pulsaciones aceleradas, tu respiración todavía está posesa por ese ritmo entrecortado. Acaricias mi pelo con vehemencia, y cuando por fin logras inclinarte, me regalas un beso dotado con todo lo bueno de ti, atestado de todo lo que te hace ser tú, y yo replico haciendo lo mismo en tu barba.
Ahora duermes completamente desnuda frente a mis ojos, testigos que no se cansan de presenciarte. El sueño no se atreve a conquistarme, somos cómplices en aquello de mirarte mientras eres poesía estática.
Y mi odisea termina conmigo sentada en el piso, sosteniendo un cuerpo en cuyo interior reina una resaca monumental producto de  ingerir el embriagante néctar que proviene de tu sexo.

sábado, 1 de abril de 2017

Cuando me vaya


De esta vida me iré con un corazón a reventar:
me llevaré la adrenalina y el frío de manos, propio de las primeras veces,
guardaré en la memoria colectiva del universo, la primera vez que me encontré con el mar y sus ojos color azul profundo;
aquel primer beso, improvisado y tembloroso, que tuvo el poder suficiente para iluminar un callejón oscuro y sin encanto alguno.
Me llevaré la imagen impecable del cielo en un atardecer de brisa fresca,
la impresión de perfección que dejaron en mis oídos el batir de las alas de mariposa,
la sonrisa de felicidad de un recién nacido al ver el rostro de su madre.
Me llevaré el amor que sentí y las caricias incondicionales de las manos que me gestaron en su vientre;
el nerviosismo que invadía a mi cuerpo cada vez que me encontraba con ciertos ojos en cualquier avenida o calle de esta pequeña ciudad.
Me llevaré el placer singular que sólo da la música,
el sentimiento sin nombre que produce compartir el alma y la piel con otra piel y otra alma;
la calma indescriptible que brinda un encuentro con el silencio.
Me llevaré también la sal de las lágrimas, tan necesarias y catárticas;
el dolor en las tripas propio de las carcajadas extremas,
y los momentos de baile loco bajo los afectos desinhibidores del alcohol.
Me llevaré las letras que creó mi mente y aquellas que salieron a gritos de bocas ajenas,
la emoción de los nuevos aprendizajes y la bella inocencia de la niñez,
la liberación que da la verdad y la calidad de inesperado y sorpresivo de todas las cosas que valen la pena.
Me llevaré las veces que me enamoré en la calle, en el bus, en un almacén de cadena o en una sala de espera;
la impotencia de no poder esconder el sonrojo de mi cara, frente a las miradas fijas de la atracción o la vergüenza.
Me llevaré aquel sentir de nostalgia y añoranza de tiempos pasados,
el sinsabor de aquellas cosas o personas que pudieron ser, pero que al final no fueron;
el olor de la tierra tocada por la lluvia y el perfume que susurra la hierba recién cortada.
Llevaré a cuestas el color y la textura, extrañamente bellos, de los besos del amor.
Y por último, y no por eso menos, me llevaré tu arma secreta, tu esencia, tu mayor fortaleza y mi peor debilidad: el recuerdo, el matiz y la forma de tu mirada, las valiosas horas de vida que me proporcionó el poder conocerla y el brillo y la ilusión que le contagiaste a una existencia siempre rota y agónica.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Antología




Permanece impoluto en mi mente aquel día en que te conocí, mi diario vivir por aquellos días se vestía de altos y bajos, de contrariedades y confusiones.
Cuando escuché el ronco de tu voz, supe que serías importante; y cuando vi tu nariz, confirmé sin ningún tipo de temor que jamás podría olvidarte.
 De tu mano aprendí a sentir con propiedad y entrega, los chispazos que proporciona el enamoramiento, esa sensación inexplicable y sobrecogedora que se produce cuando se tiene en frente a una belleza tan especial como aquella de la que eres dueña, una hermosura que sobrepasa por completo los límites del cuerpo, para irse directo a las entrañas del alma.
Te amé desde aquella primera tarde de invierno y te seguiré amando hasta la última de ellas. Mis alegrías viven entre tus dientes, entre el saco de lana que le da calidez a tu cuerpo, entre tus manos mojadas por la lluvia.
Entre tus cabellos se colaron mis miradas y mis sueños. Eres el único sitio del mundo en dónde experimento sosiego y libertad, en ti encuentro abundancia y perpetuidad.
Cada una de tus lágrimas me dolieron como si brotaran desde las partes más amargas de mi corazón. 
Me casé para siempre con tus alegrías, con cada una de tus bromas; le di un sí eterno e incondicional a la forma en la que solías recostarte sobre mi hombro, sediento incansable de tus mejillas. Y hasta el día de hoy, sigo diciéndole que sí a tu risa pícara de los domingos por la mañana y a la manera como se mueven tus manos para saborear con absoluto encanto tu pelo.
Todavía amo la manera en la que el agua de la ducha se deslizaba por tu piel y extraño terriblemente los besos inesperados en el cuello o en la panza, las cosquillas que mediaban nuestras discusiones.
Echo de menos hasta tus silencios, tus rabietas, tus  tristezas, porque me hacían más humana, porque de vez en cuando me hacían aterrizar.
Me hace falta besar la punta de tu nariz y tus orejas y tus ojeras; y admirar las acrobacias que protagonizan tus piernas mientras tu cuerpo le da la cara al amanecer.
Sigo esperando encontrarme de nuevo con tus vicios, con tus olvidos, con tus rarezas, con lo enigmático de ti.
Ansío mirar de frente las zonas de tu ser que no tuve tiempo de descubrir y deseo que hagas lo mismo conmigo. 
Transformaste mi vida con el conjunto de pequeñas y grandes cosas que arman el rompecabezas de tu existencia.
Te firmé un contrato con los ojos vendados y no me arrepiento, porque recogí ganancias inesperadas e inmerecidas. 
Te echo de menos en este instante, y me temo que lo seguiré haciendo dentro de todas las medidas de tiempo que le quedan a mi vida.